¿Que me hubiera gustado saber de la vida cuando tenía 25 años? (Parte II)

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En esta segunda parte de su columna iniciada la semana pasada, Mario Requena profundiza en aquellas cosas que hubiera querido saber o hacer distintas hace 25 años. El trabajo, la amabilidad, el buen trato, las quejas y, en definitiva, el tiempo dedicado a Dios son analizados en las próximas líneas, desde la perspectiva de un hombre que ha llegado a las cinco décadas de vida. 

| Mario Requena Mario Requena


En una reunión de amigos (todos ya pasados los 50 años o muy cerca de cumplirlos) surgió la siguiente pregunta: ¿Qué cosas sabíamos hoy que hubiéramos querido conocer cuando teníamos 25 años? Buscábamos intercambiar ideas sobre esos elementos que nos habrían ayudado a ser más sabios y menos necios, de tal forma que no hubiéramos cometido errores de los cuales todavía hoy en día nos arrepentimos. Surgieron varias ideas; acá expongo las más interesantes.

Hace 25 años atrás, nos hubiera gustado evitar el trabajo constante. Estamos inmersos en una cultura de la productividad, que dice que somos lo que hacemos y por eso cuando preguntamos en qué trabajas, ya en nuestro interior tenemos un prejuicio que cambia nuestra actitud hacia el prójimo, dependiendo de qué nos responden. Muchas veces entendemos muy tarde que la sabiduría y la paz interior pueden estar en las personas con los oficios más simples y en los lugares más extraños. Nuestra sociedad coloca sin piedad a sus integrantes en una escala social y nosotros nos adecuamos a ello sin chistar. Nos hubiera gustado saber desde muy jóvenes que no es bueno dedicar el tiempo sólo para trabajar y que, aunque nos falte dinero, hubiera sido bueno salir a divertirse de vez en cuando, pintar un cuadro, o simplemente mirar el atardecer.

No ser groseros, torpes ni burlescos con la gente. Hoy en día somos menos amables y las palabras "Gracias", "Disculpa" o "Por favor" ya no están en nuestro léxico. Estamos dispuestos a pelear por cualquier nimiedad y ser amables no figura en nuestros esquemas. Tal vez sea porque estamos mal pagados, porque odiamos nuestro empleo o algún pariente se está muriendo, pero no podemos pensar que el mundo tiene que pagar mis penas y más bien, todos recordamos aquella sonrisa de la empleada de la farmacia, de la cajera o del chofer del bus que nos regalaron esa tarde que recibimos una mala noticia. Hoy en día, el desaire ágil tiene un alto valor en nuestra cultura. Burlarse de la gente, el lenguaje malicioso y grosero son el pan de cada día, pero cuando se tiene 50 años, uno se da cuenta que eso no hace bien a nadie.

Quejarnos. Esa mala costumbre nos afecta a todos. Nos quejamos de nuestros achaques, del transporte colectivo, de las colas, del gobierno, de los parientes, de los jefes, en fin, nos quejamos de todo y de nada. Esa actitud hace que la gente con visión positiva de la vida nos rehúya y terminamos juntándonos todo el tiempo con gente tan pesimista y subjetiva que al final quedamos atascados en el fango de la desesperanza. Sólo debemos quejarnos, y además poco, ante nuestros seres queridos que nos entienden y nos dan apoyo, pero el resto del mundo no tiene por qué saber de nuestras penas. Una vez una persona que se quejaba todo el tiempo, dijo delante de un grupo que lo escuchaba: "La vida es una cruz" y otro le respondió: "¿Para usted o para los que lo escuchan?"

Evitar hacer lo correcto. Todos sabemos que muchas veces no es divertido hacer lo correcto. No es divertido llamar a un amigo que está de mal humor porque perdió la pega; no es divertido asumir la responsabilidad por cometer un error; no es divertido defender a las personas objeto de burla o ayudar a alguien desconocido que está en apuros. Se requería un esfuerzo, pero sabíamos que eso es lo correcto y a pesar de ello, no lo hicimos y ahora nos arrepentimos de ello.

También encontramos que no había que ser muy duro consigo mismo, porque si rumiamos nuestros errores y castigamos permanentemente nuestro espíritu por las cosas estúpidas que hemos hecho, estamos quitándonos la oportunidad de aprender de esos errores y sacar cosas buenas de lo malo que nos ha pasado.

Lo último en que todos estábamos de acuerdo fue en que nos habría gustado dedicarle más tiempo a Dios y a contemplar y agradecer lo bueno que es con nosotros. Eso nos hubiera dado paciencia y fe para bregar con más denuedo y esperanza en las batallas de la vida.

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