Las borracheras juveniles

Hay un valor común para los jóvenes de este mundo globalizado, un valor que es trans-regional, trans-cultural y trans-ideológico, y es la borrachera, esa embriaguez que les lleva a bajar todas sus defensas conscientes para que así afloren las frustraciones e inseguridades que los sobrecogen hoy en día y, ya que no pueden solucionarlas, al menos borrachos se pueden desahogar mediante el llanto. El problema se pone más serio y personal cuando uno ve que sus hijos e hijas entraron a esa edad donde esta conducta es tomada como un "valor" y todos aquellos (as) que no la siguen son considerados pusilánimes. En qué momento y por qué la capacidad de asimilar alcohol se convirtió en un valor en la gente joven es un dilema sociológico, pero es un hecho que la facultad de sostener una farra de dos y tres días, es uno de los valores de liderazgo social en la sociedad juvenil postmoderna...

| Mario Requena (Bolivia) Mario Requena (Bolivia)

Hay un valor común para los jóvenes de este mundo globalizado, un valor que es trans-regional, trans-cultural y trans-ideológico, y es la borrachera, esa embriaguez que les lleva a bajar todas sus defensas conscientes para que así afloren las frustraciones e inseguridades que los sobrecogen hoy en día y, ya que no pueden solucionarlas, al menos borrachos se pueden desahogar mediante el llanto.

El problema se pone más serio y personal cuando uno ve que sus hijos e hijas entraron a esa edad donde esta conducta es tomada como un "valor" y todos aquellos (as) que no la siguen son considerados pusilánimes.

En qué momento y por qué la capacidad de asimilar alcohol se convirtió en un valor en la gente joven es un dilema sociológico, pero es un hecho que la facultad de sostener una farra de dos y tres días, es uno de los valores de liderazgo social en la sociedad juvenil postmoderna.

Tratando de dar una explicación, se puede argumentar que estando "curao" se acaban las diferencias ya que todos coinciden, todos se parecen y no se sienten inferiores, es decir en la farra todos se amigan y se acercan, se confiesan hermanos y se estiman, aprovechan para abrazarse, para llorar, para recriminarse y buscar autocompasión, y todo eso yo pienso que es síntoma de la crisis y falta de valores objetivos que hoy en día tiene la juventud moderna, ya que sólo así la catarsis que da la borrachera permite al joven de hoy en día llorar sus penas, soledades y falta de amor dentro del seno familiar.

La ventaja que tiene la juventud al confesar sus aflicciones estando embriagados es que es la única oportunidad de dejar salir aquello que todos los días reprimen por mandato cultural pero que al sacarlo de beodos no implica un compromiso serio para tratar de resolver el problema. Más aún, incluso se puede negar todo al día siguiente argumentando que no se recuerda lo dicho o llorado. Ahí es cuando la farra se convierte, además de un factor común de encuentro de la identidad juvenil en un factor de complicidad que hace de cada borracho hermano de otro borracho, no sólo porque son iguales, sino porque se deben lealtad en las penas, en las inseguridades y frustraciones, y en el miedo a un futuro que no ofrece ninguna certidumbre porque la chiquilla o chiquillo que llora en sobriedad nos pone a los adultos nerviosos y la sociedad actual los rechaza como débiles e inmaduros, pero si lloran estando embriagados por lo menos recibirán de sus pares comprensión y consuelo y sus padres podrán auto-convencerse que no son co-responsables de las conductas de sus hijos e hijas.

En el otro extremo, habemos algunos que observamos a nuestros hijos navegar con valor y firmeza ese mundo de incertidumbre y escondidas penas, sin caer en ese antivalor de que embriagarse es sinónimo de valentía y desafío. ¿Cómo estos jóvenes van pilotando su destino desde tan temprano? La respuesta es gracias a la seguridad y ejemplo que les dan sus padres y madres, quienes les han proporcionado ante todo amor y capacidad para enfrentar la adversidad mirándola a la cara. A estas dos condiciones transferidas de padres a hijos, mi experiencia personal es que invariablemente se les añade la fe en Dios que hemos podido transmitirles.

Mario Requena

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